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David Aliaga, el judaísmo y la amnesia de Europa

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En los relatos de su libro, ‘Y no me llamaré más Jacob’ (Isla de Siltolá), David Aliaga (L’Hospitalet de Llobregat, 1989) indagó en su conversión al judaísmo. Algo parecido a lo que ocurre con su último libro de relatos, ‘El año nuevo de los árboles’(Editorial Sapere Aude), en el que rebusca en la memoria y la identidad personal y colectiva con el eco del Holocausto y una Europa que padece amnesia. Hablamos con él de literatura, cultura, historia y religión. De Europa y de algo inevitable y doloroso: Israel y Palestina.

Esa conversión fue el hilo conductor sobre el que giró tu anterior libro de relatos, ‘Y no me llamaré más Jacob’. En ‘El año nuevo de los árboles’ retomas el tema del judaísmo, desde otra perspectiva. De nuevo aparece el David Aliaga narrador, pero ahora lo vemos en busca de su bisabuelo, adúltero, que tal vez tenga un ascendente judío. Podría encuadrarse dentro de la autoficción, una corriente muy en boga. ¿Por qué elegiste esta manera de contar?

Y no me llamaré más Jacob era un libro mucho más cercano al concepto de autoficción que El año nuevo de los árboles. En esta ocasión la apariencia de autoficción es más un recurso literario para dotar de verosimilitud a historias ficcionales. Es cierto que nuevamente me convierto en narrador y personaje de algunos de los cuentos y que buena parte de ellos parten de una vivencia personal o familiar, pero no me parece que ese sea un rasgo exclusivo de la autoficción. Toda literatura tiene su origen en la vivencia de su autor, es una manifestación de su observación del mundo. Personarme en la narración, poner mi nombre y mi voz al servicio de un relato me sirve para intentar acortar la distancia entre la realidad y la ficción que existe en cualquier artefacto literario. Sin embargo, hay personajes que a pesar de tener otro nombre y otro rostro se parecen a mí mucho más que ese David Aliaga, escritor judío y barcelonés que circula por mis libros.