La transparencia de lo mirado en Pasado en la boca, de Esther Abellán

    La transparencia de lo mirado en Pasado en la boca, de Esther Abellán

    Pasado en la boca es uno de esos poemarios que aciertan al crear en cada verso una atmósfera complejamente habitable.

    La transparencia de lo mirado en Pasado en la boca, de Esther Abellán Pasado en la boca, (Sapere Aude, 2021), es el quinto poemario de Esther Abellán, al que habría que añadir dos plaquettes; la última, 4º sin ascensor (Ediciones Frutos del Tiempo, 2018). Dice Eloy Sánchez Rosillo que “no existe una forma única de hacer poesía”, y que “la piedra de toque del poema es que se produzca ese estremecimiento, ese chispazo o descarga eléctrica que pone al lector ante lo nunca visto, que no es más que el asombro ante lo conocido, ante lo que estaba ahí y no habíamos sabido mirar”. Y desde luego que esta poesía de la autora villenense cumple, a través de un proceso singular, con ese mandato de crear en el lector sensaciones de asombro ante un paisaje nunca visto, sutilmente iluminado para que cada uno de nosotros encuentre allí sus coincidentes detalles, su propia configuración, a partir de esa chispa que activa abiertas sugerencias y nos encamina hacia los secretos intersticios de un mundo personalmente reconocible. Y es que Esther Abellán, en entrevista concedida a Ada Soriano, nos lo dice muy claro: “Huyo de la concreción, prefiero las imágenes y que cada cual construya su propia realidad”. Su inspiración tiene su origen en unas fotografías de Roberto Cabezas, un punto de partida para empezar a volar en alas de una imaginación creativa del íntimo universo, para forzar una elaboración que acude a lo sensorial y busca el entrelazamiento entre el ser y el mundo. José Luis Zerón Huguet, en su revelador y exhaustivo prólogo, lo ve así: “Esther Abellán crea un vínculo entre lo personal y lo colectivo oscilando entre el materialismo sensorial y el rescate del espacio sagrado de la naturaleza”. 

    HASTA UNA REALIDAD SUPERIOR 

    No me ha hecho falta mucho esfuerzo para situarme en ese universo que Abellán nos propone, en los serenos ritmos de suave yuxtaposición, en el complejo sentimiento que se proyecta sobre un paisaje desbordante de una luz que contiene en su reverso la oscuridad, y la invisible aparición de un latido inconmovible. Desde las imágenes creadas, nos aupamos hasta una realidad superior que prescinde de la atadura de los predecibles detalles y se libera en una contenida dispersión que se aviene a la más honda mirada. Como bien dice Zerón, las distintas piezas del libro funcionan casi como un único poema; eso sí, con el intercalado de unas prosas poéticas que la autora define como “reflexiones sobre la luz, sobre la poesía y todos sus aledaños interiores, sobre la finitud del ser, sobre los recuerdos y el olvido”. En este extenso poema, hecho de distintos destellos, apenas salimos de una visión que se nutre de lo marino, y que por tanto llama también al cielo y a la tierra; una visión que nace de una mirada que no es la de los ojos sino la del entero ser, y que es traducida a las aproximadoras palabras que posan sobre el poema pequeños apuntes, apenas movimiento, la búsqueda de un tiempo mezclado, perpetuamente impreciso. Y lo que se vive en ese paisaje es la transparencia que desvela lo incierto. El horizonte, el límite, aquello que, sin tenerlo, nos pertenece: “El horizonte que nos hace libres”. La transparencia que ocupa la frontera entre lo que se es, quien se es y la inmensidad que resplandece y que no alberga más que un ofrecido pero inaccesible secreto. La percepción de uno mismo en el frágil espacio en el que nos incluimos integrados. Es la plena conciencia absorta en la detención de un panorama tan propio como inconmensurable, en la involuntaria búsqueda de lo impresionado, en el acompasamiento con todo lo no soslayable. La mirada se ajusta a otra realidad que se afina en las elipsis. El verso conciso, repercutido. La sencillez que aproxima el sentir a los significados. “Enfrente, la oscura ruta. / Ya no entiendo las fronteras”. El ritmo hecho de métrica, pero también de golpes de imágenes sucedidas en el ámbito de la intuición. Estamos ante una poesía muy adherida a lo visual, que entiende lo mirado como el más allá de una transparencia, el lugar en el que nace la verdad de lo inasible. Es el mundo surgido en la aparente exterioridad del ser, la postergación de una conciencia que se ubique en un solo lado, el tránsito hacia una expansiva unidad que diluya cualquier recurso de confrontación. “Mar y deseo laten, / dejamos de existir”. No vernos, no ser ya más que uno con el todo. Sucesión de presencias, evidenciadas por la libertad de lo extenso, recomposición que no parcela, sino que engasta las distintas pistas que anuncian la densidad del vértigo: “Futuro en perspectiva, / corazones con vértigo, / agua quieta que cuenta / un viaje sin retorno, / manos en equilibrio / desdibujando rutas. / Nunca importa el destino”. Los versos nacen del suceso de la palabra que ilumina la antesala de una pospuesta oscuridad. Estamos ante ese tipo de “poesía que cae en cada atardecer”, que brota espontánea de lo inconcluso, de la siguiente e infinita variación de lo que resulta impensable si no es aceptando las argucias del no saber. Pasado en la boca es uno de esos poemarios que aciertan al crear en cada verso una atmósfera complejamente habitable. En este caso es la luz, la transparencia que esconde un sentido que se puede vivir pero no se termina de revelar, el espacio bellamente creado que predispone a una quieta agitación o a entregarnos a una atmósfera que nos modifica, que nos induce a sospechar una nueva dimensión del espíritu, una suerte de eternidad que nos incluye, en la que el pasado se muestra como una infinidad de enclaves en el diverso borboteo de ese sucesivo presente que no cesa de acontecer. @mundiario